Sexta-feira, Julho 17, 2009

Desde mi ventana

La luna de junio desde mi ventana. Foto: Cristina Maldonado
La luna una simple pestaña plateada que me observa
Desnuda...

Sexta-feira, Maio 29, 2009

Ayúndenos a encontrarla


Quinta-feira, Maio 14, 2009

Imágenes de viajes

Avión en el cielo de Puerto Progreso, Yucatán 2009 (la foto la tomé yo)
I
Será necesario tener las cabezas de mil pájaros, antes de descifrarte.
II
Guarda mis ojos
en una esquina de tu vida.
III
Válido por un sueño
en una almohada diferente.
IV
Quisiera saber braile
para leer tus cicatrices.
V
Al norte de tu isla,
al sur de mi frontera,
es ahí donde busco,
donde me busco.
VI
Pájaros presos al Este de tu cabeza…
los sueños…

Adoloridas las palabras,
quieren descansar en tu lengua.
VII
Entre cielos enormes
he venido a buscarte.
VIII
En un café nocturno
me bebo tus ojos vagabundos.
IX
Hoy el viento del sur se despertó con frío.
XI
Con el sabor del cielo y tres nubes perdidas
hoy decidí escribirte.
XII

Completa la canción que canta el día,
pon tu sal en mi poesía.
XIII

Después de media noche
las estrellas se vuelven marinas.
XIV
Un par de ríos profundos
llevan tus pasos a otro mundo.

XV
Después de diez kilómetros
la playa se cansa de la arena.

XVI
Abundan en los pies
las ganas de conocer abismos.

XVII
…tres puntos suspensivos bastan para que siga buscando tu mirada…
XVIII
Cuéntame tu vida fragmentada,
mis oídos han de reconstruirla.
XIX
Todos los cielos son abismos,
por eso las aves tienen alas;
de no tenerlas jamás volverían.
XX
Son buenos los silencios
que las nubes quieren contarnos.
XXI
Los puntos cardinales están perdidos, ayuden a buscarlos.
Por: Cristina Maldonado

Sexta-feira, Maio 08, 2009

Puerta al cielo




“ Me llamo María, no soy virgen, pero estoy en busca de un José. No importa si no es carpintero. Mi número es…”

Y José que no era carpintero, pero también buscaba a su “María”, inmediatamente marcó el número que aparecía al final del papel que habían deslizado por debajo de la puerta.

La respuesta no fue satisfactoria. Nadie le contestó, y José que llevaba años esperando a su “María” comenzó a dudar sobre la autenticidad del recado. Afuera llovía y las goteras de la cocina resonaban en su cabeza, “ploc, ploc”, aumentaba la desesperación y el ya de por sí insoportable dolor de cabeza.

José se recostó y pensó en “María” ¿Existía? ¿Lo deseaba tanto como él a ella? Miró el techo por horas, hasta que finalmente se quedó dormido. Esa noche soñó que “María” pedía posada en su casa. Cuando estaba a punto de abrir la puerta lo despertó el susurro culpable de alguien bajando la escalera del edificio. Su sueño, como su voluntad, era ligero.

En el suelo otro papel:

“Por favor, dime que no eres carpintero…María”


Y José, que no era carpintero, suspiró aliviado. No tenía trabajo, pero por lo menos no era carpintero. Estuvo de buen humor toda la mañana, limpió el pequeño apartamento, se bañó y escondió la cuerda. No quiso tirarla, pues nunca está demás tener bajo la cama una cuerda.

A la hora de la comida sonó el teléfono:

“José, José, soy María, dime si ya hiciste tus oraciones, recuerda que antes de comer, de comernos tenemos que orar. Dime ¿Quieres que sea tu María?”

Y José que jamás oraba enmudeció, no pudo decir que sí, que la esperaba, que soñaba con ella aun sin conocerla. “Carajo” Gritó cuando le colgaron el teléfono y corrió al baño a buscar su navaja, la hundió en uno de sus brazos, sólo se castigaba, no quería morir, no ese día. María existía y en algún lugar ella lo observaba.

Pasaron varios días sin noticias de María y por cada noche en que José la soñaba entrar desnuda en su cama se hacía un nuevo corte con la gillette oxidada. Apenas conseguía levantar el brazo izquierdo.

Chupó una de las heridas que comenzaba a cicatrizar y tomó café. María llamó a la puerta la mañana del noveno día. José abrió con desgano, la miró a los ojos y ella le habló al oído:

“No soy virgen, pero vine a curarte para después castigarte…”

Y José que jamás había sido castigado por manos ajenas la invitó a pasar, se dejó hacer y se venció ante unas piernas, que abiertas le mostraban la mismísima puerta al cielo.

Por: Cristina Maldonado

Sábado, Abril 18, 2009

Abismos


Todos los cielos son abismos, es por eso que los pájaros tienen alas,
de no tenerlas jamás volverían a tierra.
Cristina Maldonado
Foto: Celestun, Yucatán. Feb 2009


Sexta-feira, Abril 03, 2009

Un deseo, lo que resta





Y dijo la maestra: no voy a poder comentar este cuento, lo siento...
y yo sonreí, era la sensación que quería causar...
Los recuerdos duelen. Todos los días antes quedarse dormido pide un deseo: despertar en un momento menos doloroso. Un momento en el que la mayor preocupación la representaba el profesor de matemáticas o las visitas al dentista. La escuela, sus padres, la sopa a mediodía, los amigos de la cuadra, se le presentan como en álbum fotográfico descolorido. El álbum también la tiene a ella, sonríe, es la única foto, el único recuerdo que conserva color.

Una voz de mujer le habla al oído: “Rani, ya debe estar listo tu baño” Un baño caliente y con shampoo y al terminar una toalla suave que envuelva su cuerpo entero. Es inútil, lo que acaba de escuchar es uno de tantos recuerdos que como agujas se clavan en su espalda.

Cierra los ojos, aprieta los párpados, tan fuerte como si quisiera quedarse ciego para siempre. Reza y murmura muy bajo de nuevo su deseo. Finge dormir y se dice así mismo: “No es nada, después pasa” y entre recuerdos y realidad de pronto se encuentra en casa. Al fondo suena una música que no consigue identificar y en la cocina el horno guarda el último suspiro de un platillo que no ha de comer.

El dolor de cabeza lo hace volver y llora al concebir su horrible condición. La celda es fría y no tiene ventanas al jardín. Rani poco recuerda el mundo exterior, ha perdido poco a poco la noción del tiempo, jamás ve el sol, solo sabe que es de noche cuando el carcelero le pasa una charola con café negro y un pedazo de pan. Come sin ganas y piensa en ella, en su voz y en su blanco cuerpo, que fue suyo tantas veces.

Otro lapso de ausencia se aparece ante él y la oscuridad le trae de nuevo un vívido recuerdo: “Podríamos ir a tomar un trago al bar” “Bueno, sí” responde Rani y dispuesto a tomar las llaves y salir de casa, cae al suelo y vomita la cena mezclada con la sangre que su hígado no logra retener. Continúa entre esas cuatro paredes y ella no está. Los golpes que recibió la última semana que pasó a su lado fueron tantos que solo le resta vomitar lo poco vivo que sobra dentro suyo.

Aquella noche quisieron hacer el amor como la pareja normal que aparentaban ser. Ya no podría. Estuvieron golpeándose, mordiéndose. Cada caricia tierna llevaba a una profunda cicatriz que les haría recordar lo mucho que se amaban. La idea surgió de ella, quería que la golpeara sin piedad y la llamara puta. Rani dudó y le preguntó si estaba segura de lo que eso representaba: “Sí, querido” y se arrodilló ante él, quien la pateó y la insultó sin piedad. Lloraba quedamente y suspiró. “¿Qué fue eso?” Preguntó Rani, “Nada, nada” y cerró los ojos.

Ya entrada la madrugada Rani sintió la cama demasiado húmeda, las sábanas estaban empapadas de sangre, su amada ya no se quejaba, tampoco respiraba.

Pasaron varios días hasta que la podredumbre del cuerpo muerto comenzó a llamar la atención de las narices vecinas.

Golpean la puerta de su celda y el recuerdo de aquella noche con su amor se desvanece. El guardia le indica que es hora de tomar su baño semanal y Rani que prefiere el hediondo olor de la sangre coagulada dice: “Lástima, se está bien aquí. Preferiría quedarme, si no le molesta”.
Cristina Maldonado

Sábado, Março 14, 2009

Buenas noches

http://mfla.files.wordpress.com/2008/05/sensual___lux_by_onewordphoto.jpg



No me gusta que a las tres de la madrugada alguien me despierte. Sonó mi celular y dudé en contestar. Un número desconocido aparecía en la pantalla. Al fin atendí la llamada, podría ser una emergencia.

- ¿Qué ropa estás usando?, preguntó una voz masculina y yo un tanto confundida entre la realidad y el sueño, sólo atiné a decir:

- No llevo nada puesto.
- ¿Es así como acostumbras dormir, como si te encontraras a mi espera?

Hablaba bajo, pareciera que estaba escondido en un rincón. Sus palabras bañaron mi cuerpo de sudor; mis palpitaciones eran intensas.

- Te espero siempre así, desnuda.
- Quiero que toque con tu lengua mi sexo.
- Lo tocaré, te palparé con mi aliento.
- ¡Quiero llenarme de tu líquido!

La llamada seguía y mi deseo iba en aumento. Ya no pensaba en dormir y es que con llamadas así cualquiera pierde el sueño.

Antes de terminar, de terminarnos, surgió lo incuestionable:

- ¿Volverás a llamarme?
- Claro como todos los días a esta hora.
- ¿Todos los días? ¿a esta hora?
- ¿Luisa?, ¿Luisa, estás ahí?


Apagué mi teléfono y tuvo que pasar mucho tiempo antes de quedarme dormida otra vez, otra vez sola.

Cristina Maldonado